jueves

"Amazonas sin pincel" por Ángela Molina


A FINALES de los sesenta y principios de los setenta, acciones, objetos privados y los cuerpos de las artistas se convirtieron en el sujeto y en el propio medio del arte femenino. A través de las performances, las activistas recuperaron los elementos suprimidos de la cultura mediante la subversión de los arquetipos patriarcales y la investigación del subconsciente.
Marina Abramovic. En una performance nocturna en una galería de Nápoles Rhythm, O (1974), Abramovic se ofrecía a los espectadores, que podían hacer lo que quisieran con una serie de objetos -un tenedor, un látigo, un pintalabios, un cuchillo, una pistola- y su cuerpo. Al final, la artista tenía las ropas rasgadas y había sido encañonada con un arma cargada. Abramovic describió esta obra como la conclusión de la investigación con su propio cuerpo.
Shigeko Kubota. En Perpetual Fluxfest (1965), Kubota llevó a cabo unaaction painting (acción pictórica) en Nueva York, que en su día desagradó a muchos de sus colegas varones. Su acción aludía y subvertía el método de la pintura dripping (pintura chorreada). Extendió en el suelo una gran lámina de papel y procedió a pintar pinceladas rojas con un pincel sujeto a la entrepierna por las bragas. Kubota parodiaba el uso de mujeres desnudas como "pinceles humanos", de Yves Klein, y la "eyaculación" que suponía lanzar y chorrear pintura, de los expresionistas americanos.
Carolee Schneemann. En Interior Scroll, 1975, Schneemann se presentó en un espacio de Long Island cubierta con una sábana y explicó al público que iba a leer un extracto de su libro Cézanne, she was a great painter. Se despojó de la sábana y se pintó el cuerpo con trazos de barro. Subida a una mesa, leyó el texto mientras posaba en una serie de gestos típicos de modelos de dibujo al natural. Lentamente, se extrajo un rollo de papel de la vagina y leyó textos feministas.
Martha Rosler. En Semiotics of the Kitchen (1975), Rosler aparece de pie, como en un programa de cocina de televisión, frente a una mesa repleta de utensilios. Empieza a recitar el alfabeto mostrando a la cámara un objeto para ilustrar cada letra, la A es abrelatas, la C cazuela... Pero la artista los presenta con agresividad, agitando los cuchillos en el aire o lanzando una cuchara a una víctima imaginaria.
Adrian Piper. En Catálisis, 1970, Piper aparece en el metro de Nueva York en hora punta vestida con ropas hediondas o con globos colgados de las orejas, la nariz y el pelo. Después se va de compras a unos grandes almacenes vestida con una camiseta en la que acaba de escribir con pintura, wet paint (recién pintado).
Valie Export. Genital Panic (1969), una performance rodada en Múnich, muestra a la artista vestida con camisa negra, unos vaqueros abiertos por la entrepierna y una ametralladora colgada del hombro. Entra en una sala de cine X, se dirige al público y les dice que hay unos genitales femeninos disponibles y que pueden hacer con ellos lo que quieran. Las personas que ocupaban sus asientos se levantan y salen del cine.
Gina Pane. Autoportrait (1973) describe en fotografías una acción en la galería Stadler de París. Primero, Pane aparece suspendida en el aire durante media hora como un objeto inerte sobre velas encendidas. Más tarde permanece de pie de cara a una pared en la que se proyectan diapositivas de mujeres pintándose las uñas. Dándole la espalda al público, la artista se practica incisiones en la piel con una cuchilla. Con estas acciones, Pane indica de manera radical el "signo" del cuerpo; y que la herida era el signo real de "ese" cuerpo, de "esa" carne.

Texto compartido de El Pais. Publicado el 13/01/2007

martes

Biblioteca mínima del feminismo posporno, queer y poscolonial por Paul B. Preciado


El pensamiento heterosexual y otros ensayos. Monique Wittig (Egales). Haciendo una crítica marxista de la producción sexual, Wittig define por primera vez en 1985 la heterosexualidad no ya como una forma de hacer sexo, sino como un régimen político y económico.

El género en disputa. Judith Butler (Paidós). Texto clave publicado originalmente en 1990 que inaugura una crítica de las nociones tradicionales del feminismo blanco, burgués, heterosexual y abre la vía a la llamada teoría queer: teoría marica, bollera y trans.

Cuerpos sexuados. Anne Fausto-Sterling (Melusina). Un ensayo audaz que revisa los textos científicos como metáforas culturales y representaciones políticas a través de los que se han construido las ideas de masculinidad y feminidad, de heterosexualidad y homosexualidad durante el último siglo.

El prisma de la prostitución. Gail Pheterson (Talasa). Nosotras las putas (compilación) (Talasa). Dos de los textos clave del movimiento de reivindicación de los derechos de las trabajadoras sexuales.

Vamps & Tramps. Más allá del feminismo. Camille Paglia (Valdemar). Paglia ha avanzado sin complejos algunas de las ideas centrales de un nuevo movimiento radical, denunciando el giro neoconservador del feminismo americano de los setenta un feminismo que según ella, ha sido confiscado por la moral judeocristiana y el Estado capitalista.

Mujeres, raza y clase. Angela Y. Davis (Akal). Un clásico de 1981 en el que Angela Davis traza una genealogía del feminismo americano partiendo de los movimientos de lucha por los derechos de los negros y del movimiento obrero, ayudándonos a tomar conciencia de cómo las discriminaciones de clase y de raza han configurado y reducido la agenda del feminismo liberal contemporáneo.

Otras inapropiadas. Feminismos desde las fronteras. Bell Hooks y otros (Traficantes de Sueños). Mejor antología en castellano de ensayos de crítica a los presupuestos blancos y racistas del feminismo liberal desde el feminismo negro y poscolonial.


King Kong Teoría. Virginie Despentes (Melusina, en prensa). La diva destroy punk de las letras francesas, escritora de novelas en las que las protagonistas ocupan posiciones tradicionalmente reservadas a los hombres (sangre, sexo y rock and roll) y de la controvertida y censurada película Fóllame (2000), nos ofrece un ensayo en primera persona en el que se ataca los tabúes del feminismo liberal: la violación, la prostitución y la pornografía.

Texto compartido de El Pais. Publicado el 13/01/2007

domingo

Reseña de "Tendencies" de Eve Kosofsky Sedgwick

Eve Kosofsky Sedgwick/Foto:David Shankbone

Eve Sedgwick es la autora de dos de los principales trabajos teóricos en el campo de «queer studies»: Between Men: English Literature and Male Ho- mosocial Desire (Columbia, 1985) y Epistemología del armario (Epistemology of the Closet) (Berkeley, 1990). 
Tendencies (1993), recoge ensayos que exploran las manifestaciones de lo queer en contextos que van desde la literatura inglesa decimonónica hasta las películas del actor/travesti Divine; desde el discurso antimasturbador de la época victoriana hasta las políticos que gobiernan a los «grupos de apoyo» (Alcohólicos Anónimos, Neuróticos Anónimos, etc.) que han proliferado en los últimos años.

¿Cómo podríamos definir el término queer? Aun en inglés esta pregunta presenta graves problemas. Se trata de un término asumido por varias minorías sexuales estadounidenses (gays, lesbianas, bisexuales) que significa «raro» o «peculiar» y que deriva del vocablo indoeuropeo twerkw (atravesar, torcer). Al autodefinirse como «queer»—en lugar de gay, lesbiana, bisexual, sadomasoquista, etc.—una persona puede indicar su preferencia por prácticas sexuales transgresivas y al mismo tiempo evitar caer en el encasillamiento de una identidad fija y monolítica. 
«Queer» implica un estilo de vida raro y fuera de lo común, pero se niega a especificar en qué consisten sus prácticas, se rehúsa a precisar si se desempeña un papel masculino o femenino, pasivo o activo, subyugado o dominante. En las palabras de Sedgwick, «queer» se refiere a

the open mesh of possibilities, gaps, overlaps, dissonances and resonances, lapses and excesses of meaning when the constituent element of anyone's gender, of anyone's sexuality aren't made (or can't be made) to signify monolithically. (8)

En su libro anterior, Epistemology of the Closet, Sedgwick había postulado las virtudes de examinar las «lagunas», «disonancias» y contradicciones de la identidad sexual. Para llevar a cabo este proyecto, la autora cuestiona la validez de la clasificación binaria «homosexual»/«heterosexual». Lejos de aceptar esta división como algo «natural», Sedgwick la somete a una genealogía à la Foucault y examina la manera en que ésta fue construida y difundida. La investigadora nos hace ver que la «homosexualidad» no surge como identidad sino hasta fines del siglo pasado, cuando los discursos médico y legal crean el término «homosexual» para encasillar en una serie de estereotipos y presuposiciones a cierto tipo de individuos cuya conducta desafiaba los preceptos de la sociedad.

En Epistemology ... Sedgwick había comentado sobre lo arbitrario de esta clasificación binaria: ¿por qué dividir a las personas en dos bandos separados, basándonos tan sólo en la supuesta relación entre su sexo y preferencias sexuales? Nos sentimos inclinados a responder que este sistema binario corresponde a la diferencia de prácticas y preferencias sexuales entre individuos. Sin embargo, la autora nos recuerda que las diferencias en el terreno de la sexualidad van mucho más allá de la división homo/heterosexual. Existe un sinnúmero de diferencias que carecen de un lenguaje clasificatorio y por lo tanto de una identidad asociada a ellas. Sedgwick enumera algunas de estas diferencias:

Sexuality makes up a large share of the self-perceived identity of some people, a small share of others.
For some people, the preference for a certain sexual object, act, role, zone, or scenario is so immemorial and durable that it can only be experienced as innate; for others, it appears to come late or to feel aleatory or discretionary.
Some people’s sexual orientation is intensely marked by autoerotic pleasures and histories—sometimes more so than by any aspect of alloerotic object choice. For others the autoerotic possibility seems secondary or fragile, if it exists at all.
Some people, homo-, hetero-, and bisexual, experience their sexuality as deeply embedded in a matrix of gender meanings and gender differentials. Others of each sexuality do not. (25)

Todas estas son posibilidades eróticas que cumplen una función doble: por una parte, apuntan hacia la complejidad y heterogeneidad de la sexualidad humana; por otra, la ausencia de categorías para referimos a cada una de estas conductas nos revela la arbitrariedad de la división homo/heterosexual.

Lo queer, entonces, es un intento por desnaturalizar la noción de identidad: gay, heterosexual, lesbiana son construcciones lingüísticas que por su tendencia taxonómica no alcanzan a representar la diversidad de las prácticas y experiencias que conforman la sexualidad humana. Un proceso de «rarefacción» ha disfrazado a estas identidades como «naturales» para ocultar los intereses sociales, legales y económicos que se esconden tras esta construcción. Los ensayos reunidos en Tendencies continúan esta investigación sobre lo queer (lo fluido, inclasificable y heterogéneo de la experiencia) en contraste con las construcciones sociales—lingüísticas, de identidad, etc.—que en la mayoría de los casos resultan monolíticas y sofocantes.

«Jane Austen and the Masturbating Girl» es el título de uno de los ensayos de Tendencies. En él, Sedgwick nos revela cómo durante el siglo pasado surgió una categoría de clasificación sexual que ahora ha desaparecido: el «onanista,» o masturbador compulsivo. En una aguda lectura de Sense and Sensibility, la crítica estadounidense plantea que la novela de Jane Austen contiene un número de sutiles referencias que asocian a varios de sus personajes femeninos con el «desorden sexual»—bastante común en la época victoriana—de la adicción a la masturbación. Una mirada a los documentos psiquiátricos y médicos de los siglos XVIII XIX nos descubre los mecanismos de control—y de terror—mediante los cuales la sociedad impuso la noción de masturbación femenina como aberración. En este caso, el discurso médico no responde a un desorden preexistente, sino que sirve para constituirlo: al leer las descripciones de los tratamientos a los que las «adictas al onanismo» fueron sometidas, sospechamos que fueron éstos los que ocasionaron, con su terrorismo psicológico, los síntomas de adicción en las «pacientes.» Sedgwick cita un caso de 1881:

The 19th [September]. Third cauterisation of little Y ... who sobs and vociferates.
In the days that followed Y ... fought successfully against temptation. She became a child again, playing with her doll, amusing herself and laughing gayly. She begs to have her hands tied each time she is not sure of herself ... Often she is seen to make an effort at control. Nonetheless she does it two or three times every twenty-four hours ...
The 23rd, she repeats: «I deserve to be burnt and I will be. I will be brave during the operation, I won't cry. » From ten at night until six in the morning, she has a terrible attack, falling several times into a swoon that lasted about a quarter of an hour. At times she had visual hallucinations. At other times she became delirious, wild eyed, saying: «Turn the page, who is hitting me, etc.»
The 25th I apply a hot point to X’s clitoris. She submits to the operation without wincing, and for twenty four hours after the operation she is perfectly good. But then she returns with renewed frenzy to her old habits. 
(120-121)

Este es un caso extremo que nos ilustra los peligros de cualquier culto a la identidad como algo fijo e inmutable. La identidad del «onanista» constituye el obverso de la persona «decente.» La pequeña X, al verse encasillada como «niña masturbadora,» se ve sometida a la extirpación del clítoris para poder pasar al otro extremo y convertirse en «pura.» Sin duda la irracionalidad y extremidad de este ejemplo nos resulta más obvia en parte porque la categoría del «onanista» ha desaparecido de nuestras taxonomías sexuales.

Tendencies también analiza el caso opuesto: si la experiencia de la niña masturbadora nos revela los extremos a los que puede llevar una noción monolítica de la identidad, ¿qué pasa cuando abandonamos todo intento de encasillamiento y celebramos la fluidez, la indeterminación, la complejidad del ser humano? «Entonces tenemos a Divine,» responde Sedgwick. Divine, actor de películas setentañeras dirigidas por John Waters, constituye el máximo ejemplo de lo queer como estilo de vida. Los atuendos y el maquillaje de Divine lo convierten en una mezcla entre travesti y mujer obesa, entre aristócrata vestido(a) con lujosos atavíos y trabajador proletario. En el ensayo escrito en colaboración con Michael Moon, Sedgwick exalta las virtudes de la gran mezcolanza de identidades, apariencias y personalidades que es Divine:

To the degree that Divine could negotiate gender, she used it as a way of hurling her great body across chasms dividing classes, styles, and the ontological levels of privacy, culthood, fictional character, celebrity, and, of course, godhead. (225)


Tal vez el resto de los ensayos de Tendencies no resulten tan queer como Divine, pero en ellos encontramos bastante material para hacemos reflexionar sobre las virtudes de la heterogeneidad. «Epidemics of the Will» examina la construcción de la identidad del adicto que surge durante el siglo XIX y que ahora se manifiesta en los grupos de apoyo «anónimos.» En «A Poem is Being Written,» una pieza autobiográfica, Sedgwick nos revela su obsesión con la relación entre las nalgadas y el ritmo poético («When I was a little child, the two most rhythmic things that happened to me were spanking and poetry,» 182). Por último, «Is the Rectum Straight?» presenta una novedosa lectura de The Wings of the Dove, de Henry James, quien—según Sedgwick— siempre siguió un modelo de «fisting-as-écriture.» En Tendecies el lector encontrará un sinnúmero de cosas raras que amenazan con derrumbar no sólo la oposición binaria entre homo y heterosexualidad, sino también aquella entre teoría literaria y erotismo.

"Tendencies" fue publicado en el año 1993. Reseña de Rubén Gallo. Columbia University

jueves

JO TAMBÉ SÓC PUTA por ITZIAR ZIGA


Acabo de extasiarme con unas imágenes de Paula Ezkerra iniciando la campaña electoral en el Forat de la Vergonya, es candidata de la CUP por Barcelona. Tan luminosa y guerrera como cuando las calles del Raval nos hermanaron hace quizás diez años. Paula es puta y migrante argentina, activista espléndida y tenaz. Lleva décadas combatiendo la violencia estructural hacia las trabajadoras del sexo, esa misma violencia que nos alcanza a todas las mujeres. Porque la putafobia es la punta del iceberg de la misoginia, queramos aceptarlo o no.
Si todas las mujeres conjurásemos el estigma puta, el patriarcado se desvanecería como un mal sueño al alba. Con la caza de brujas, aquel feminicidio fundacional tan remoto como eficaz, se nos impuso una feminidad apocada y delatora. La puta es mi vecina, no yo. Amortiguaré mi deseo, controlaré mi presencia social. Para no destacar, para que no me señalen. Y cuando vayan a por ellas, a por las putas declaradas, callaré en el mejor de los casos. O prenderé yo misma las antorchas. Divide y vencerás.
Ellas están unidas, en Barcelona a través de la plataforma Prostitutas Indignadas. La imagen de dos putas agarrándose de los pelos por un cliente como quintaesencia de la rivalidad femenina es pura mistificación patriarcal. Por todo ello, en las luchas de las trabajadoras sexuales contra el acoso policial-administrativo al que están siendo condenadas por las atroces ordenanzas cívicas que han proliferado en nuestras ciudades cual plaga bíblica, en su valerosa insumisión al estigma puta, nos la volvemos a jugar todas las mujeres.
Contra lo que muchas proclaman, las luchas de las prostitutas son altamente feministas. Desde siempre. Nell Kimball, la madame de un burdel de Nueva Orleans de principios del siglo XX, dejó constancia de una de ellas, de una de nosotras. «Tuve una puta llamada Gladdy que era partidaria de los derechos de las mujeres. Marchaba en Filadelfia y Nueva York cuando había manifestaciones a favor del voto femenino y se clavaban alfileres en los caballos de los policías y se hablaba sobre ser igual a cualquier hombre. Gladdy era una muy buena puta».

Artículo compartido del diario Gara

domingo

ENTREVISTA A JAVIER SÁEZ, POR EDUARDO NABAL ARAGÓN



Javier Sáez nació en Burgos en 1965. Es licenciado en sociología. Realizó estudios de doctorado con Jesús Ibáñez, y de psicoanálisis en la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis del Campo Freudiano con Jorge Alemán y Sergio Larriera. Actualmente vive en Estrasburgo, donde trabaja como consejero en la Secretaría General de Asuntos del Pueblo Gitano del Consejo de Europa. Acaba de traducir al castellano de "No al futuro. La teoría queer y la pulsión de muerte" de Lee Edelman (Ed. Egales)


Diario Progresista CYL (DPCYL): Has traducido al castellano algunos de los libros más importantes de la teoría queer en todo el mundo desde Monique Wittig a Judith Hallberstram además de aportar tu propia cosecha teórica y activista. (“Teoría queer y psicoanálisis”, “Por el culo “con Sejo Carrascosa) ¿No es agotador trabajar en temas que – a pesar del éxito logrado en ocasiones- dan poco dinero y no siempre llegan a toda la gente, más aún en estos tiempos? ¿Compensa el esfuerzo?

Javier Sáez (J.S.): Sin duda compensa el esfuerzo. La traducción es algo necesario cultural y políticamente, permite que los textos lleguen a muchas personas que de otro modo no tendrían posibilidad de acceder a su contenido. Es una forma de democratizar el conocimiento y la acción política. Estos libros que he traducido, Butler, Wittig, ahora el de Edelman, son herramientas de debate, de análisis y de cambio social importantes. Por otra parte el propio ejercicio de traducción es un reto apasionante, es siempre una aventura jugar con el lenguaje, y a veces hay que ser bastante creativo.

DPCYL: Lee Edelman es un teórico queer bastante iconoclasta con el que compartes un punto en común que caracteriza a la teoría queer pero que todavía es visto con muy malos ojos cuando no ignorancia supina: la herencia y la crítica del psicoanálisis y sus diferentes vertientes. ¿Cómo ves tú el legado del psicoanálisis en la teoría feminista contemporánea en autoras como Butler, De Lauretis etc?

J.S.: Creo que el legado del psicoanálisis es innegable, al menos en estas dos autoras. Butler utiliza a menudo los textos de Lacan como herramienta de subversión del sujeto, y se reapropia de enfoques analíticos para sus propios objetivos. De Lauretis es muy freudiana, aprovecha parte de la obra de Freud sobre el deseo para hacer una resignificación lesbiana del mismo, y en su último libro explora la pulsión de muerte freudiana de forma muy subversiva. La visión contemporánea del sujeto, del deseo, de las ciencias humanas, del sexo, serían impensables sin la obra de Freud, que yo considero bastante subversivo, a pesar de que tenga a veces posiciones bastante machistas. Pero para ser un señor vienés de clase media de finales del XIX lo que plantea es sorprendente.

Para mí el psicoanálisis es como un puente. No hay que quedarse en él, pero hay que pasar por él para llegar a otros sitios.

DPCYL: Edelman utiliza a Hitchcock (en concreto dos películas suyas) y algunas obras clásicas de la literatura en lengua inglesa para una visión si no negativa cuando menos altamente crítica del mundo y las instituciones heterocentradas. ¿Ves negativismo en su discurso (lo de No al futuro suena muy punk) o al contrario una revisión profunda y ya urgente de algunos de los canones de la cultura occidental?

J.S.: Creo que Edelman plantea un negativismo político, como forma de resistencia al poder. Decir no a ese señuelo de la esperanza en el futuro, al proyecto social que siempre promete un bien, decir no al futuro porque es el cebo que nos tiende el poder y que nos hace perder la libertad. Para él lo queer puede significar una posición política y ética de resistencia, de decir no a todo eso y de negarse a aceptar las identificaciones, los ideales que te propone el sistema.

En ese sentido el libro es muy subversivo, no propone nuevos ideales o una esperanza o un proyecto de futuro. Le interesa más el goce.

DPCYL: La recientemente fallecida Eve Kosofsky Sedgwick tuvo problemas en la academia por la publicación de un artículo titulado “Jane Austen y la niña masturbadora” ¿Sabes algo de la acogida de los libros de Edelman en el ámbito en que trabaja como docente?

J.S.: Sus libros han tenido un notable impacto en activistas y en académicas queer. De Lauretis lo cita mucho en sus últimos trabajos, Judith Halberstam y Leo Bersani también. Para grupos activistas se ha abierto el debate de cómo articular esa ética anti social, sin caer en una especie de pesimismo o inacción, o en una vertiente autodestructiva, de muerte, que es donde nos ubicaba el cine históricamente (el gay que acababa muerto o suicidado). Para otros grupos lgbt supone un discurso demasiado radical, contra la normalidad. Por eso mismo me gusta este libro, es incómodo y no da soluciones de manual de autoayuda.

DPCYL: Recuerdo una frase de Paco Vidarte “Ni lo queer nació en la academia ni entrará nunca en ella de forma pacífica” .No obstante, hay cada vez más gente interesada por lo queer en distintos campos culturales. ¿Cómo ves esta evolución aquí y ahora?

J.S.: Paco era un hombre brillante y muy honesto, supo ver pronto los peligros de una asimilación académica o museística de lo queer, y hablamos mucho de esos peligros, por eso cerramos el curso de la UNED sobre teoría queer, nos estábamos convirtiendo en una especie de gurús de lo queer. En mi opinión ahora hay dos derivas: una activista y política que utiliza las herramientas queer en luchas sociales concretas; y otra deriva “queer chic”, de personas que utilizan lo queer como carrera individual, explotando su atractivo para buscarse una forma de vida, alejada de los movimientos sociales. En mi caso acabé un poco cansado de ese elitismo queer, por eso el libro que escribí con Sejo Carrascosa sobre el culo fue un intento de volver a problemas reales, a la discriminación de los pasivos, con un lenguaje llano y claro no hecho para especialistas.

DPCYL: ¿Crees que la producción teórica va acompañada de una invitación a la acción? Hay aquí libros como “Intersecciones”, “El eje del mal…” o “Transfeminismos” que dan claves para un nuevo activismo alejado de viejos dogmas, pero, en ocasiones, se tiende a cierto elitismo intelectual, o al menos eso se oye en boca de muchos. ¿Crees que es una cuestión de pereza mental o hay algo de verdad en eso?

J.S.: Creo que hay algo de verdad, y algo de mentira. Por un lado creo que es legítimo que haya textos elaborados y de alto nivel intelectual; lo contrario es paternalista, es pensar que la gente es tonta y no es capaz de entender un texto elaborado. A veces hay que esforzarse, hay ideas que son complejas y exigen tiempo y un lenguaje especializado. Por otro lado es verdad que a veces desde lo queer caemos en una excesiva pedantería; incluso cuando no es necesario complicamos la sintaxis o el vocabulario. Pero los libros que mencionas son bastante orientados a la acción, hacen críticas sociales claras y bastante útiles. Tienen cierto nivel, pero son comprensibles.

DPCYL: A pesar del conservadurismo en las Universidades anglosajonas, encontramos muchos trabajos de crítica de la cultura y teoría queer (Bersani, Braidotti, D.A. Miller, Thomas Waugh, Butler…) que van entrando tímidamente en algunos programas académicos. ¿Crees que aquí sucede lo mismo o se sigue considerando una excentricidad?

J.S.: Aquí esos enfoques son muy minoritarios y mal vistos por la academia, que sigue siendo muy machista y heterocentrada. No hay ni un solo master de estudios LGTB, y menos aún queer. Lo que sí hay es más producción de libros de temática queer, pero son experiencias individuales, hechas con mucho esfuerzo, y porque hay editoriales como Egales que se arriesgan y apoyan estos proyectos.


El discurso activista de los noventa en torno a las políticas del cuerpo surgió de experiencias políticas muchas veces callejeras o enfrentadas a las instituciones más conservadoras. Tenemos a Sarah Shulman, el legado de grupos antisida en el ámbito francófono o los grupos por la despatologización de la transexualidad, también aquí en activo. ¿En tu opinión sucede también al contrario: qué la gente que lee libros como el de Edelman tiene armas para transformar la realidad o se limita a la pasión por la reflexión y la teoría?

Supongo que habrá personas que van a disfrutar sólo de una forma intelectual (sobre todo los psicoanalistas), otras que lo usarán como estrategia política, y otras harán ambas cosas. Yo creo que es una buena arma para cambiar la realidad o al menos para resistir al poder.

Entrevista realizada por Eduardo Nabal para el Diario progresista. 4/4/2014

"LLAMANDO A LOS AJAYU" por PAUL B. PRECIADO

Hace unos días, María Galindo, artista y chamactivista Boliviana, pasó por Barcelona y fue a llamar a mi “ajayu” frente a la puerta del museo. María me explica que el  ajayu es para los aymaras como el alma, pero no el alma religiosa, sino el alma política: la estructura subjetiva que hace de cada uno de nosotros una singularidad viva.  Dicen que en el lugar en el que uno es herido, allí donde a uno se le rompe un sueño, queda el ajayu deambulando. Y el mío, asegura, debe andar por allí. Lo llama y lo espera cuidadosamente porque el ajayu, dice, es más frágil que el cristal, más delicado que la porcelana. Si lo pierdes es como si estuvieras muerto.
Mientras tanto yo camino sin mi ajayu por las calles de Nueva York, inmerso en el ruido zigzagueante de los helicópteros que observan cómo un escuadrón de más de mil policías dispersa a los manifestantes que protestan por el asesinato de Freddy Gray en Baltimore. Un dron, quien sabe si buscando el ajayu de Gray, pasa por encima de mi cabeza. Sólo sus luces intermitentes, rojas y verdes, son visibles en la noche. Estos son los tiempos del dron, pienso. Abro mi teléfono y la entrevista en la que Bruce Jenner, mundialmente conocido por su pasado deportivo, habla de su cambio de sexo con Diane Sawyer es trending topic. Hubo el tiempo del halcón y de la paloma, pero ahora ya estamos en el tiempo del dron y del tuit. El tiempo de la vigilancia estelar y de la auto-vigilancia mediática. Y no sé si soy Charlie Hebdo o no, pero seguro que, vagabundo y sin mi ajayu, medio muerto y medio vivo, soy una mezcla improbable de Freddy Gray y Bruce Jenner.
Los paparazis esperaban ya desde hace días que Bruce Jenner saliera a la puerta de su casa de Malibu con vestido y maquillaje. Le esperaban como la policía espera a que un cuerpo no-blanco mueva una mano para empezar a disparar. Querían verificar si se había extirpado la nuez, si le han crecido los pechos. La mayor democracia neoliberal del planeta distribuye las oportunidades de vivir, de ser considerado ciudadano político, de acuerdo a epistemologías visuales binarias: diferencias sexuales, raciales y de género. Twitter se incendiaba como si un vestido de rayas verdes fuera una colt 45 –en realidad, en 32 estados norteamericanos Bruce podría llevar una colt 45, pero no un vestido–. Y luego llega la entrevista en televisión y Bruce dice: “Soy una mujer.” Intenta desesperadamente encontrar reconocimiento en la esfera pública dominante a través de un ejercicio atlético de auto-nominación. Pero rápidamente se disculpa: le pueden seguir llamando “él”, no quiere herir a nadie, lo más importante son sus hijos, es un buen patriota. No hay reconocimiento sin normalización. Los aymaras dirían que se ha dejado robar el ajayu. Y de repente, ese estudio de televisión, el salón de cualquier casa conectado al canal ABC, cualquier ordenador, este teléfono móvil se convierte en un quirófano multimedia en el que se lleva a cabo una operación de reasignación sexual. La globalmente íntima conversación con Diane Sawyer toma ahora el lugar que en otro momento tenía el freakshow, la clínica o el juzgado. La entrevista condensa todas esas retóricas: la confesión, el diagnóstico y la evaluación médica, el castigo público, la sumisión al sistema. Cualquier tentativa de poner en cuestión la metafísica de la presencia se estrella contra la pantalla.
No hay una relación lineal entre la mejora de las condiciones de vida de las personas transgénero y el aumento de su visibilidad en los medios de comunicación. El salto de Jenner a la primera línea de Google es sólo un paradójico desplazamiento político: es al mismo tiempo un movimiento estratégico por el reconocimiento de otras formas de vida, pero también se trata de un proceso de control y vigilancia de género a través de los medios de comunicación. Es en ese estrecho espacio de convenciones y normas donde nuestro género es constantemente fabricado, pero también donde puede ser puesto en cuestión. El género sólo existe como efecto de esos procesos sociales y políticos, fallidos o naturalizados, de representación –el ajayu no tiene género–. Pero, ¿dónde estará entonces el ajayu de Bruce Jenner? Desde aquí lo llamo. 

Artículo compartido de El Estado mental